La politización de las maestras primarias: del feminismo popular a la representación política (1923-1934)

PARTE I: LAS MAESTRAS PRIMARIAS Y EL MOVIMIENTO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

En un trabajo publicado recientemente, María Angélica Illanes plantea que desde una perspectiva general la historia de las mujeres chilenas en el siglo XX puede ser delineada a partir de lo que denomina una “invencible revolución”. Con ello, se refiere a que en el caso de las mujeres, y a diferencia de los otros movimientos sociales, se trata de una historia que ha “resistido” los distintos obstáculos que -desde ámbitos tan diversos como la tradición y la política- han operado a contrapelo de las luchas de las mujeres. Esta idea de “revolución permanente” nos parece interesante porque incorpora una perspectiva histórica de larga duración, posible de ser perfilada a partir de algunos ejes como son la memoria y la identidad. De esta manera, en relación a la historia de las mujeres, la autora plantea: “Su revolución permanente se caracteriza, así, por la multiplicidad y simultaneidad de sus frentes de lucha, encarnanado una modalidad de “hacer política o su revolución emancipadora” no solo desde los aparatos culturales y políticos, sino también desde sus relaciones familiares y personales.”[1]

De ahí se desprende que de una parte el problema de “lo político”, asociado a su función estratégica de “gobernar” para mantener o consolidar un ordenamiento social, nos remite a las maneras en que los roles de género han operado como base, precisamente, de ese orden social; lo que permite plantear que las mujeres siempre han desempeñado un papel al interior del campo político, que por largo tiempo se pensó al margen de su acción histórica (Illanes; 2012). Pensar lo político como una categoría “flexible”, que puede ser definida e interpretada a partir de la heterogeneidad de experiencias y proyectos históricos, permite plantear la existencia y desarrollo de maneras diversas de ejercer y entender lo político. Es en esta última perspectiva donde interesa situar nuestro trabajo en torno al proceso de politización femenina a partir de la experiencia específica de una generación de maestras primarias, posible de ser identificada a partir de la década de 1920 (y rastreada hasta 1973).

Para dar cuenta de este proceso, y a partir de las posibilidades que nos plantea el trabajo de fuentes, tomamos el pensamiento de tres maestras representativas del período, que va desde la aparición de la Asociación General de Profesores (AGP, 1923) -espacio donde desarrollaron su reflexión política y feminista– hasta el año 1934, momento en que se promulgó la Ley 5.357 sobre elecciones municipales, que estableció el derecho a voto municipal femenino. Una aproximación a este período plantea que las maestras desarrollaron este proceso al margen del “sufragismo”; no solo porque carecían de estatus ciudadano formal, definido como la condición básica de participación en el sistema de representación política; sino también porque mantuvieron una postura diferente al sufragismo en relación a la profundidad de los cambios que promovía. En esta perspectiva, tomamos el período del debate sobre el voto municipal, a fin de identificar las ideas de las maestras en relación a el problema de los derechos políticos femeninos y el debate público en torno al voto femenino; con el fin de develar las tensiones al interior del feminismo en este período.[2]

Abordar el problema del sufragio en este caso implica observar maneras distintas de ejercer y entender la “ciudadanía”[3]; y es que en relación a la carencia de derechos políticos, la ciudadanía es vista por las maestras no como ejercicio electoral, militancia partidaria o administración de un poder desde el estado; sino como reflejo de una conciencia histórica respecto a la condición de maestra/primaria/mujer y al despliegue de una “reflexión” que se proyectaba hacia una transformación del conjunto social.[4] Desde esta perspectiva, el concepto de politización es visto en relación a la ciudadanía entendida como un fenómeno en construcción, activo, y susceptible de ser puesto en práctica de distintas formas, lo que permite identificar distintos sujetos y realidades históricas; y permite abordar “lo político” no como una práctica inscrita en el espacio de la “política formal” –expresada en el Estado y en los partidos políticos- sino que a partir del reconocimiento de que existen otros -variados- espacios o formas históricas donde se expresa y desarrolla.

La fase de politización que proponemos para el período 1923-1934, responde a una etapa “madura” de construcción identitaria del sujeto “maestra primaria”. Este proceso habría estado caracterizado por la integración de nuevos elementos a su identidad de origen, produciéndose un efecto “acumulativo”, sin perjuicio de las distinciones que pueden evidenciarse entre las maestras decimonónicas y las maestras que convocan nuestro estudio. Desde esta perspectiva, abordamos la pregunta en torno a la construcción de las maestras primarias como sujeto político, y por lo tanto histórico, intentando caracterizarlo, poniendo en relieve las ideas centrales que guiaron sus reflexiones en este período. Esta entrada al problema nos plantea la necesidad de trabajar el proceso de “politización” de las maestras en una doble dimensión histórica: una, relacionada a su proceso de construcción identitaria (hacia adentro); y otra, a las dinámicas del movimiento social y el sistema político.

Por su parte, los acontecimientos y luchas político-gremiales que protagonizó el magisterio organizado en torno a la AGP a partir de 1923, así como el desarrollo del movimiento de mujeres durante los años veinte y treinta, nos permiten plantear la idea de que la identidad, en este caso, se expresó a partir de varios elementos, a saber: la articulación colectiva de un grupo de maestras en la AGP, el encuentro de una memoria en torno a un experiencia histórica común, la identificación con los planteamientos de “otras” mujeres y la pertenencia gremial. En definitiva, la triple condición que define su origen social (identidad “de clase”), su rol como maestra (identidad gremial) y su condición femenina (identidad de “género”). Esto nos lleva a problematizar y cuestionar la ciudadanía como un concepto unidimensional, vinculado a las formas fundadas en el principio de representación política. Cuestionamiento que por lo demás, surge la lectura de los propios textos escritos por las maestras.

La opción por tomar estas “voces” de maestras responde a un proyecto de más largo aliento, que tiene como objetivo dar cuenta del proceso de construcción histórica de las maestras primarias en el transcurso del siglo XX, atendiendo a su propia experiencia y producción de pensamiento; su visión de la sociedad, de lo político y la política, y cómo todo aquello impregnó la propia profesión docente y las relaciones con sus compañeros de “clase” y profesión. Particularmente se trabajan aquí textos de autoría de las maestras Abdolomira Urrutia y Noemí Murgues, ambas delegadas de sus localidades en la Convención General de Maestros de Talca del año 1927; y de Haydé Azócar, miembro del grupo de profesores de la Asociación General que se re articuló en los años treinta en torno a la Revista Nervio, donde quedaron impresas sus reflexiones bajo el seudónimo de Nina Vanzán.

Las maestras primarias en la historiografía

La perspectiva de género en la historiografía chilena se puede caracterizar a partir de los estudios que han puesto el acento en el análisis del “sistema sexo-género” dominante, y en cómo éste se ha reproducido e impactado tanto en la reflexión femenina como en las diversas realidades y organizaciones de mujeres.[5] Sumado a ello, buena parte de la historiografía de la mujer en Chile ha considerado como principal “hito” en la historia del Movimiento la obtención de los derechos políticos (1934 y 1949), y lo ha caracterizado en torno a lo que ha sido definido como su principal demanda: el derecho a sufragio. A nuestro juicio esto presenta el doble problema de, a) reducir el movimiento social de mujeres a su dimensión “sufragista”, poniendo el acento en la demanda del “voto” y, b) construir una interpretación fragmentada del movimiento social, poniendo de relieve la demanda por los derechos políticos y el aporte de mujeres intelectuales de clase “acomodada” y primeras generaciones de profesionales, construyendo así una lectura generalizante sobre la diversidad de ideas, demandas y realidades del sujeto femenino en la primera mitad del siglo XX.[6] En consecuencia, esta aproximación al tema ha instalado la idea de que el movimiento social de mujeres que se desarrolló en este período, básicamente puede ser definido como mecanismo de incorporación femenina a la “vida cívica”.

El trabajo de Gaviola, Lopresti y Jiles, Queremos votar en la próximas elecciones (1986), plantea una perspectiva enfocada en la “conquista” de derechos como factor unificador de las distintas organizaciones femeninas surgidas desde la élite y del movimiento obrero. Las autoras plantean la existencia de dos corrientes de este movimiento “feminista”[7], una, asociada a la organización de las mujeres trabajadoras orientadas a la lucha por derechos laborales y la protección a la madre soltera; y otra, que corresponde a la variante sufragista y cuya orientación estaba definida por la obtención de los derechos políticos para las mujeres.

“Durante la primera mitad del siglo XX (…) se desarrolló un movimiento feminista tesonero, creativo y organizado que consiguió su más importante victoria, el voto político, en 1949. Cada peldaño, cada triunfo parcial del movimiento de mujeres (…) en más de una ocasión, terminó por conquistar el apoyo de los parlamentarios y del propio Presidente de la república, antes de cumplirse la primera mitad del siglo.”[8]

Por otra parte, es posible reconocer en la historiografía de la mujer las “tensiones” que operaron en la configuración amplia de un “movimiento feminista” en la primera mitad del siglo XX[9], lo que permite abordar el concepto de feminismo, como una categoría histórica que surge de la propia (auto) definición de los grupos y organizaciones. Las diferentes lecturas asociadas a la problemática de la mujer como tema de interés colectivo, contribuyen al debate en torno al re-conocimiento de las especificidades históricas de cada grupo o comunidad que se organizó en torno a los feminismos, lo que hace posible reconocer a lo menos tres variantes en la primera mitad del siglo XX. Una, asociada a la labor social de la iglesia católica a través de la beneficencia (feminismo católico); otra, al reconocimiento social de la mujer expresado en los “avances” de la legislación del período (feminismo católico y liberal); y una tercera, identificada con el proyecto emancipador expresado en el movimiento de maestras de la AGP y en las mujeres del movimiento obrero (feminismo popular)[10].

En el caso específico de las maestras primarias constatamos una débil presencia en la historiografía centrada en el aporte histórico de las mujeres. Han sido fundamentalmente autores(as) vinculados(as) a la investigación en torno al movimiento social del magisterio, quienes han relevado la actuación de las maestras primarias en el contexto de sus luchas políticas.[11] Específicamente lo que refiere a la participación de mujeres vinculadas a la educación y sus organizaciones, ésta ha sido abordada por la historiografía considerando fundamentalmente a las educacionistas extranjeras y de niveles superiores (secundarios y universitarios[12]), integrando escasamente el aporte de las maestras primarias en la construcción de política y pensamiento educacional. De ahí surge nuestro interés por el cruce entre esta perspectiva y el intento por historizar la experiencia de las maestras primarias en tanto sujeto específico que contribuyó –en un contexto determinado- a la construcción histórica del mundo popular.

En el trabajo de Loreto Egaña, Cecilia Salinas e Iván Núñez titulado “Las maestras en el gremio” (2000) encontramos referencias al aporte de tres maestras primarias que son consideradas como casos representativos del “repertorio” de los años veinte: Gabriela Mistral, Abdolomira Urrutia y Aída Parada. Tales aportes son dimensionados en este texto en la perspectiva de articular la “entrada en escena” de las maestras en el espacio público con la historia del movimiento feminista. El artículo referido plantea que la Asociación General de Profesores, fundada en el año 1923, constituyó un espacio de construcción gremial con características particulares respecto a otros espacios de participación de la época.

“Los indicios señalan que, al interior de la Asociación General de Profesores, las mujeres tenían presencia activa y acceso a los cargos dirigentes, aunque en términos no proporcionales a su participación en la fuerza de trabajo docente, situación que fue permanente en el movimiento magisterial y que hasta el presente no se corrige. Lo definitivo de la participación femenina en la Asociación no fue tanto el número de dirigentas, sino el hecho que en el marco de esta institución social cabían la demanda y la identidad femenina.[13] 

Esta particularidad radicaba, en primer lugar, en su carácter de “movimiento pedagógico y cultural” que fue desarrollando paralelamente a la naturaleza gremial que la definió desde sus inicios. En segundo lugar, el sentido “progresista y libertario” que inundaba el quehacer de la Asociación, abrió espacio y posibilitó que un sector de las maestras asociadas desarrollara un rol distinto al que tradicionalmente estaba pensado para las mujeres.

Por otra parte, el trabajo de Leonora Reyes (2005) sobre los movimientos de educadores en el siglo XX –tomando como referencia cuatro momentos- se propone investigar las trayectorias históricas de estos movimientos y su relación con las crisis del sistema educativo formal. De esta propuesta, particularmente nos interesa lo referido al movimiento de reforma de la década del veinte; momento en que existe consenso en caracterizar al magisterio agrupado en la Asociación General de Profesores; como un movimiento que trascendió con creces a las reivindicaciones gremiales. La autora plantea la perspectiva de construcción identitaria como uno de los elementos que permite entender el desarrollo histórico del magisterio; y da cuenta de cómo la identidad en torno a su condición de asalariados y su origen rural-popular, definieron el papel histórico que jugó en el proceso constituyente que concluyó en 1925.

“De esta manera, si bien convertirse en maestra o maestro de escuela constituyó una alternativa frente al trabajo en el campo o en las fábricas, para una cantidad no menor de familias campesinas y obreras la educación pública no implicó un aumento en su calidad de vida. (…) Por eso… los maestros normalistas se encontraron social y culturalmente mucho más cerca del resto de trabajadores asalariados que de sus colegas profesores de liceo”. [14]

A su dimensión identitaria (popular), se puede “agregar” la pertenencia de los maestros y maestras a un estatuto que los hacía funcionarios públicos, y que por ende, los obligaba a responder frente a un sistema laboral precario en seguridad social y marcado por las influencias políticas.[15] Por su parte, en relación a las maestras primarias y su papel en la Asociación de profesores; la autora señala, en la misma línea del trabajo anterior (2000), la presencia de condiciones que hacían posible la participación femenina al interior de la organización gremial.

Las Maestras en la AGP y sus vínculos con el movimiento social

Para caracterizar el papel histórico de las maestras primarias respecto a sus formas de participación política y social en el período delimitado para este trabajo, es necesario referirse a algunos aspectos que permiten comprender las condiciones que al interior de la AGP permitieron la generación de discursos y prácticas vinculadas a la especificidad del “ser mujer/maestra primaria”.[16]

Un elemento importante a considerar es que en el período tratado se desarrolla y toma fuerza el movimiento por lo derechos políticos de las mujeres; a partir de esto surge la propuesta de que la construcción de “ciudadanía femenina”, en el caso de las maestras, trasciende a la articulación del movimiento sufragista, asumido por mucho tiempo por la historiografía de la mujer, casi como el único y exclusivo mecanismo de integración a la “vida ciudadana” durante el periodo a tratar.

A partir de la lectura del periódico de la Asociación gremial “Nuevos Rumbos”, señalábamos que en el proceso de debates, articulación de demandas y proposiciones de la AGP, encontramos voces de maestras que, sea en forma de reclamo, relato, discurso, intervención en la asamblea, con mayor o menor grado de reflexión sobre el “ser maestra”, lograronmpliar el campo de influencia de sus preocupaciones consiguiendoa adhesión de los maestros. [17] Esto nos llevaba a plantear que tanto los mecanismos como los espacios de participación al interior de la AGP reflejaron una marcada inspiración democrática, que se desarrolló a partir de una concepción de “Escuela Nueva” que sólo podía ser posible a partir de una transformación social.

Por otra parte, en la Convención General de maestros en Concepción (1924), se aprobó un segundo “tema libre” relativo a la situación de la mujer. Esto nos lleva a formular que al menos un grupo de maestras logró articular, al interior de la Asociación, un discurso propio referido a problemáticas específicas pero que involucraron también a sus pares varones, en la medida que los planteamientos expresan una voluntad de transformación coincidente con la visión y el proyecto de la AGP. En el número de Nuevos Rumbos donde se resumen los acuerdos de la Convención aparece el siguiente párrafo:

“Derechos Civiles de la Mujer (Presentado por Olga Goldbeck, delegada por Santiago) 1° El principio de mejoramiento social general que sustenta la Asociación General de Profesores de Chile; 2° La condición humillante, injusta y perjudicial para el avance del progreso en que vive actualmente la mujer chilena; 3° Que la maestra en su condición de asalariada y en su condición de defensora de sus hijas espirituales es la llamada a conquistar los derechos civiles, cuya carencia en nuestro Código experimenta en carne propia; La Convención General acuerda: Secundar el actual movimiento feminista en lo referente a la consecución de los derechos civiles de la mujer y hacer la propaganda que sea necesaria”[18].

Pero el carácter “democrático” de la Asociación, también estaba representado en la proyección que tenía la maestra en su interior, es decir, la posibilidad de optar a los mismos cargos de representación que los hombres. Por otra parte, su definición “anti centralista”, expresada en las relaciones de horizontalidad entre las secciones de la capital y las provincias, y el hecho que las maestras tenían la posibilidad de “liberalizar” sus conductas cotidianas, son otras consideraciones que nos permiten plantear la democratización del espacio gremial.[19]

La evidencia que arrojan fuentes como el periódico Nuevos Rumbos da cuenta de cómo en el proceso de debates y articulación del proyecto de la AGP intervinieron algunas maestras, cuyas “voces” y reflexiones lograronmpliar el campo de influencia “natural” de sus preocupaciones específicas, consiguiendoa adhesión de los maestros, a través de la incorporación de las demandas de “género” en los acuerdos generales de la Asociación. Estas voces son representativas de los distintos niveles en que se expresó el tema de la mujer/maestra primaria, desde la reivindicación de igualdad salarial o la denuncia frente a las vejaciones del sistema, hasta la reflexión y la “acción política”, entroncándose estratégicamente con voces de otros espacios desde los que se levantaron discursos y demandas vinculadas a la transformación de las relaciones de poder y de género.

Tal fue el caso del feminismo obrero, cuyos contenidos de género y clase (asalariada) pueden ser identificados con varios de los planteamientos de las maestras. Por otra parte, en Nuevos Rumbos también se pueden evidenciar los nexos que existieron entre el magisterio y algunas figuras influyentes del feminismo liberal, como fue el caso de Amanda Labarca, quien aparecía en el periódico recurrentemente invitada a realizar cursos de perfeccionamiento y “charlas” en los locales de la Asociación. Es altamente probable que hubiera existido en el desarrollo de esas relaciones, un intercambio y traspaso de ideas e influencias entre mujeres de distintos ámbitos profesionales y culturales.

Por su parte, la visibilidad y convergencia de un grupo de maestras al interior de la AGP se mantuvo durante todo el período 1923-1927, etapa caracterizada por una dinámica social de organización, propuesta y confluencia de distintos movimientos sociales. Un acontecimiento representativo de este clima social fue la Asamblea Constituyente de Obreros y Asalariados del año 1925, donde la AGP tuvo una participación relevante a través de sus representantes, y donde se resolvió, entre otros aspectos, establecer la igualdad de derechos entre ambos sexos. No es casual que en esta Asamblea haya registro de la solicitud de palabra por parte de “La señorita María Teresa Urbina”, quien precisamente se refiere a la igualdad de sexos. Situación que da cuenta del carácter amplio, de las distintas demandas que surgieron en torno a un proyecto transformador.[20]

Por otra parte, el trabajo de Elizabeth Hutchison sobre feminismo y movimiento obrero (1992), pone en cuestión la visión historiográfica que agrupa las distintas experiencias de organizaciones femeninas durante la primera mitad del siglo XX, en una sola trayectoria de desarrollo “feminista”. De esta manera plantea que se ha ido construyendo una visión “homogeneizante” de la cultura (política) femenina que “(…) no permite delimitar cuestiones importantes de la diversidad de clase e ideología dentro de los movimientos femeninos, las cuales son elementos fundamentales para la consideración de tales movimientos.”[21]

En relación a la postura del movimiento obrero frente a las demandas feministas, Hutchison no solo se distancia de los enfoques que omiten la presencia del discurso de las mujeres obreras, sino que plantea que la postura del movimiento obrero se construyó a partir de una visión de género más cercana al discurso burgués que al feminismo obrero. De esta manera, su análisis se orienta a historizar las relaciones de género tomando como centro de investigación el aporte de las mujeres trabajadoras en la construcción de pensamiento y movimiento obrero.

Al incorporar en el debate historiográfico las experiencias de un sector de mujeres obreras, de marcado pensamiento anarco-feminista, la autora enfatiza en las maneras en que subrayaron el carácter múltiple de su lucha frente a la “opresión” de clase y de género; dando cuenta de las divergencias ideológicas al interior del movimiento social de mujeres en las primeras décadas del 1900. El aporte de estos estudios ha sido poner de manifiesto en el debate historiográfico sobre el movimiento obrero, la tensión que se produjo entre feminismo y el movimiento obrero, dando cuenta de los procesos de concientización de las mujeres trabajadoras y de las condicionantes culturales e ideológicas que el propio movimiento obrero imponía a la participación femenina.[22]

Isidora Salinas Urrejola,

Doctora (c) en Historia, Universidad de Chile

[1] Illanes, María Angélica. Nuestra historia violeta. Feminismo social y vidas de mujeres en el siglo XX: una revolución permanente. Ediciones LOM, Santiago, 2012. Página 11.

[2] Aquí nos parece relevante la discusión de las maestras con el movimiento sufragista, a través de lo que denominamos una “crítica” al sistema de representación política, que principalmente se visibiliza a través del discurso de la maestra Haydé Azócar.

[3] Tomamos la idea de Gabriel Salazar, cuando plantea que el “verdadero sujeto político lo constituye el ciudadano”, aquel/aquella que surge precisamente “de las redes asociativas y de las comunidades humanas donde florece espontáneamente la vida social”. Así, lo político es entendido como la “matriz genética” de las comunidades de hombres y mujeres y se origina del “saber convivir” y del sentido de pertenencia a un grupo humano en donde se resuelve y auto gestiona la “vida”. Gabriel Salazar. Del poder constituyente de Asalariados e Intelectuales (Chile, siglos XX y XXI). Ediciones LOM, Santiago, 2010. Página 7.

[4] Esto último deriva de un trabajo anterior que nos llevó a identificar, en la década de 1920, un proceso de constitución y ampliación de ciudadanía, que se desarrolló por un cauce distinto al de la matriz fundada en el voto universal.

[5] Por sistema sexo-género tomamos preliminarmente la idea que desarrolla Teresita de Barbieri en su articulo “Sobre la categoría de género: una introducción teórico metodológica” (1993). Aquí señala: “El género es una forma de la desigualdad social, de las distancias y jerarquías que si bien tiene una dinámica propia, está articulado con otras formas de la desigualdad, las distancias y las jerarquías sociales. Desde el inicio de la investigación sobre las mujeres y los géneros se ha planteado la articulación género-clase, incuestionable por lo demás en América Latina (…)”. Página 16. Por su parte, la categoría de género puede ser de utilidad si atendemos a su definición básica que plantea que las relaciones entre sexos son construidas socialmente. Tal como plantea Joan Scott, el género debe dejar de ser un concepto asociado a lo “relativo” a las mujeres; para trabajar su potencialidad analítica, poner en cuestión y transformar los paradigmas históricos existentes haciendo cruces con otras categorías y realidades. Joan Scott en su texto “El género: una categoría útil para el análisis histórico”. En: Lamas Marta Compiladora. El género: la construcción cultural de la diferencia sexual. PUEG, México. 1996.

[6] En esta línea se encuentra el trabajo pionero de Felicitas Klimpel, La mujer chilena: el aporte femenino al progreso de Chile, 1910-1960. Editorial Andrés Bello, Santiago, 1962.

[7] La noción de feminismo que plantea este trabajo consiste en “la resistencia a aceptar roles, situaciones sociales y políticas, ideológicas y características sicológicas que tienen como fundamento el que haya una jerarquía entre hombres y mujeres que justifica la discriminación de la mujer”. Definición tomada por las autoras del texto de Judith Astelarra: “El feminismo como perspectiva histórica y como práctica política”. Revista Chile América. Roma, 1982, página 108.

[8] Gaviola, Edda; Jiles, Ximena; Lopresti, Lorena; Rojas Claudia. Queremos votar en las próximas elecciones. Historia del movimiento sufragista chileno, 1913-1952. Imprenta Arancibia Hnos., Santiago, 1986. Página 85.

[9] En el Tomo I de Historia de las mujeres en Chile, editado por Ana María Stuven y Joaquín Fernandois; se clasifica a esta primera etapa del feminismo como la “primera oleada”. Posteriormente, a partir de los trabajos de Julieta Kirwood, en la década de los ochenta, se identifica una “segunda oleada feminista”; incluyendo a autoras como Edda Gaviola y otras. Editorial Taurus, Santiago, 2011.

[10] Planteamos que se trata de un feminismo popular y no estrictamente obrero, al incorporar la experiencia de las maestras primarias en la construcción de pensamiento feminista. Como exponemos más adelante, las maestras que ocupan nuestro trabajo se plantean como feministas y miembros de la clase asalariada en sus intervenciones y publicaciones.

[11] Especial mención a la maestra Abdolomira Urrutia se hace en una publicación del Bicentenario de la República, en donde se rescata la figura de algunos maestros y maestras del siglo XX. El autor de este texto breve es Iván Núñez, y lleva por título “Abdolomira Urrutia: una preceptora valiente y precursora”. En Maestros: forjadores de Chile. Reconocimiento a su legado docente y ético. Ministerio de Educación – Oficina Regional de Educación para América Latina y el Caribe (OREALC/UNESCO), Santiago, 2010.

[12] Tal ha sido el caso de las profesoras Amanda Labarca, Irma Salas, Olga Poblete, entre otras; de quienes se tiene abundante información sobre su trayectoria como educacionistas y su aporte al desarrollo de la educación secundaria y universitaria. Es preciso una breve mención a la maestra Gabriela Mistral, quien constituye un caso particular desde la perspectiva de la importancia que ha tenido en los diversos trabajos nacionales y extranjeros que rescatan su trayectoria como maestra.

[13] Loreto Egaña; Cecilia Salinas; Iván Núñez; “Las mujeres en el gremio. Una mirada histórica (1900-1930)”. Revista Docencia, Año VI, N° 13. Santiago, 2000. Páginas 54-65.

[14] Leonora Reyes. “Movimientos de educadores y construcción de política educacional en Chile 1921-1932 y 1977-1994)”. Tesis para optar al grado de Doctora en Historia, mención Historia de Chile. Universidad de Chile, Marzo, 2005. Página 54. Tesis sin publicar.

[15] Esto se sumaba a un proceso complejo al interior de la Asociación, que lograba combinar distintas estrategias para presionar a favor de las reformas que demandaba. Lo relevante es que en esta etapa el magisterio asistió un proceso de cambios al interior de su propio seno; cuyo origen puede encontrarse a principios de los años veinte; en la acción mancomunada de la organización de “normalistas jóvenes”, y los viejos preceptores agrupados en las distintas asociaciones existentes previo a su fusión en la AGP. (Reyes; 2005)

[16] Estos discursos y prácticas pueden ser rastreados a través de los artículos y cartas, que fueron publicados en el periódico de la Asociación, Nuevos Rumbos y otras publicaciones obreras, así se encuentran en los debates y acuerdos de las convenciones anuales que realizó la Asociación. La AGP se planteó como una asociación de carácter gremial que en el desarrollo propiamente organizativo transitó desde las demandas específicamente gremiales hacia una propuesta integral que aspiraba a un nuevo tipo de Escuela, de Estado y de sociedad.

[17] Este trabajo fue desarrollado en el marco de la asignatura “Poder Popular en Chile”, a cargo del profesor Gabriel Salazar. Programa de Doctorado en Historia de Chile. Universidad de Chile. Segundo semestre 2010. En colaboración con María Antonieta Mendizábal.

[18] Publicado como “La Segunda Convención General de Concepción. 3, 4 y 5 de Enero”. En Nuevos Rumbos, 1° de Abril de 1924.

[19] Nos interesa mencionar en relación al carácter de la AGP, que las expresiones de asociatividad popular en el siglo XIX constituyeron, desde la perspectiva de la configuración de un espacio de relaciones y producción de cultura, un ámbito que puede proyectarse en la AGP a partir de la persistencia de algunas de esas expresiones en la organización de maestros. Esta persistencia se expresó, por ejemplo, en las actividades del programa -aprobado en la Primera Convención General en Diciembre de 1922- en el que quedaron integradas prácticas vinculadas al socorro muto y el cooperativismo, las escuelas nocturnas para obreros y la sociabilidad popular. Bajo tal planteamiento, podemos señalar que la Asociación recogió y/o reforzó elementos de las prácticas asociativas decimonónicas, las que coexistieron con aquellas vinculadas al sindicalismo y gremialismo del primer cuarto del siglo XX.

[20] Sobre este aspecto revisar el artículo de Gabriel Salazar; “Asamblea Constituyente del año 1925. Un olvidado ejercicio de soberanía popular”. En revista Página Abierta, quincena del 30 de Septiembre al 13 de Octubre de 1991.

[21] Elizabeth Hutchison; “El feminismo en el movimiento obrero chileno: la emancipación de la mujer en la prensa obrera feminista, 1905-1908”. Revista Proposiciones N° 21; Ediciones SUR; 1992. Página 52. La autora alude al trabajo de Edda Gaviola en este punto de su planteamiento crítico a la visión “homogeneizante” de la historia del movimiento de mujeres.

[22] Para profundizar en esta línea ver los trabajos de Cecilia Salinas: “La mujer Proletaria. Una historia por contar” y “la obreras chilenas a principios del siglo XX” (1987). También Asunción Lavrín: “Women, Labor, and the Left: Argentina and Chile, 1890-1925” (1989).

Imagen: Convención de la Asociación General de Profesores http://www.museodelaeducacion.cl

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