Maudelina y María (o el desencajado cuerpo de los docentes)

En su último libro, Nuestra historia violeta, la historiadora María Angélica Illanes señala: “falta sembrar las calles de estatuas a su figura, como justo reconocimiento a su trabajo y a la memoria de miles de maestros sobre los cuales la sociedad ha pretendido cargar el peso de sus hijos” (María Angélica Illanes, Nuestra historia violeta, p.69). Su opinión se basa en la historia de varias profesoras protagonistas el crecimiento del sistema escolar en el siglo XX:

“Siendo aún una liceana comenzó a trabajar Maudelina Vergara en la escuela rural los días sábados. Su profesor jefe del liceo, nombrado Director Provincial de Educación en 1972 decidió, ante la gran necesidad de profesores para abarcar la educación de todos los niños del país, llamar a diez alumnos y alumnas por curso para salir a trabajar en las distintas escuelas de la provincia. La eligió a ella (“me encantaban los niños”) y le correspondió la escuela rural pública de Lumaco, a 20 kms. de Osorno, en la que trabajó durante siete años en el Primero y Segundo Básico. “Yo era feliz de irme de profesora unidocente. Mi papá me fue a dejar”. Al llegar, apareció ante su vista la casa vieja rodeada de un “pastal” que le llegaba hasta el cuello. Abrió una pieza grande y ahí estaban los bancos de madera. Era la escuela. “Y me largo a llorar con un llanto… lo único que quería era volverme…” (María Angélica Illanes, Nuestra historia violeta, p.73).

La historia de Maudelina sintetiza el esfuerzo presentado por un sinnúmero de educadoras desde el origen del sistema escolar. Muchas veces, las profesoras llegaron a los lejanos territorios que formaban Chile antes que el mismo Estado, fruto de la voluntad de comunidades locales, de la misión local de diversas iglesias o de la lucha autogestionada de los movimientos obrero o de pobladores. Su presencia, sus cuerpos repartidos en el territorio nacional, ha sido muestra de diversos esfuerzos colectivos por levantar escuelas, que respondían a distintos propósitos: desde el fortalecimiento de la identidad nacional a la atención de la niñez popular, la escuela como espacio público solo ha sido posible gracias al trabajo de las profesoras y los profesores. En muchas ocasiones, cuando las profesoras se presentaban en comunidades desconocidas, fueron víctimas de agresiones sexuales, físicas o sociales, a la que se podría agregar la violencia económica de sus bajos salarios y condiciones laborales. Podríamos imaginar que sus cuerpos cansados, entumidos o acalorados, seguramente tensos, nerviosos y asustados por las tarea encomendada, fueron también campo de tensiones y abusos, cansancios y temores, cobijo y solidaridad.

En el siglo XX hubo también cuerpos negados radicalmente, obligados a desaparecer, esfumados de la materialidad por la violencia del mismo Estado para el que trabajaban. Como el cuerpo de la profesora normalista María Arriagada, madre de cinco hijos, detenida en helicóptero por funcionarios de la Fuerza Aérea de Chile un 27 de septiembre de 1973, mientras hacía clases en la Escuela Gabriela Petterman, ubicada en un sector rural de la comuna de Lonquimay. María, además de ser militante comunista y dirigenta gremial, había tenido un rol muy activo en la zona: formó un Centro de Madres y un grupo folclórico, además de colaborar con otras necesidades urgentes de la comuna, como la construcción de caminos y de una sala de acogida para embarazadas de zonas rurales en el Hospital de Lonquimay. Su hermano Ferte recuerda que María “amaba cantar, cuando niña veía a una profesora tocar el violín y aprendió el gusto por la música. Éramos niños cuando murió nuestra madre, y María en las tardes me conversaba, yo le decía hermanamadre. Quería ser profesora y se fue a la Escuela Normal de Angol; cuando regresaba en las vacaciones conversábamos y regaloneábamos, era la favorita del papá”.

Podríamos escribir una historia contemporánea de Chile a partir de las historias de sus profesoras y profesores. Sería una historia de luces y sombras, de violencias y ternuras, de abusos y creaciones, plagada de niños, convivencias, cuadernos, caligrafía y patios anegados en invierno, pero también de sindicalismo, militancias políticas y sociales, políticas educativas, decretos ministeriales. Sería, ante todo, una historia desencajada, que rehusa a circunscribirse a las periodificaciones oficiales de la historia política, para las que los profesores solo han sido un dato en la ampliación del sector público o del sistema educacional.

Habría que partir escuchándonos, resguardando tiempos y espacios para contarnos nuestras historias para escribir nuestras biografías educativas. Así podríamos transformar en narrativa y lírica nuestros currículums vitae: potentes descripciones de experiencia capaces de enfrentarse a la segmentación, el individualismo y el encasillamiento; contribución modesta y cotidiana a la humanización de nuestros espacios educativos y con ello, de nuestras vidas.

Camila Silva Salinas, Profesora de Historia

Imagen de  María Arriagada y familia. En: http://www.loslatidosdelamemoria.cl

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