Diez y tres

algunas reformas educativas urgentes como entrar a las diez y salir a las tres. Sobre todo porque ya llevamos demasiado tiempo poniendo en el centro de todo a la producción, al trabajo, y al consumo, esa ansiedad de no saber qué hacer con el tiempo libre, libre entre comillas. Por eso desayunar lentamente en casa, mirar las paredes, ir caminando media hora, pedalear en otros casos. Preparar el almuerzo la noche anterior, en compañía de madre o padre, disfrutar del ritual colectivo y familiar. Entendemos por familia a la gente que comparte los olores, los estados de ánimo, las demostraciones de cariño, las rabietas infantiles que nunca, repito, nunca dejan de aparecer, a cualquier edad. Comer a medio día, en manada, bajo el sol o mirando la lluvia, compartiendo sabores e historias que surgen desde la boca que saborea y confirma que es maravilloso probar, comparar, rechazar o elogiar. Los ingredientes brillarían en el plato

 

deperrente, organizar un acto masivo que llamaremos olla común, para recordar que la solidaridad profunda es una práctica que solo existe en la pobreza. En esos espacios con rostros que se llenan de urgencia y por eso solo se puede reaccionar de forma colectiva, como una minga, como una ceremonia que mezcla actores y actrices, espectadores y espectadoras. Esa vieja utopía que borra las fronteras entre pieles y manos que pelan, pican, sirven, comemos, lavamos la loza y después nos damos cuenta que estuvimos harto rato dedicados a producir y consumir, al mismo tiempo, rodeados y sin la necesidad de dependencia del mercado

 

estudiantes que se vistan como quieran, puedan y decidan. Asumir que una niña, un adolescente, por fin, tienen el total derecho a decidir qué ponerse, qué comer, cuántos centímetros tiene el cabello, qué bocas besar y, sobre todo, el derecho a contestar. Especialmente porque saben, presienten y sienten que estamos equivocados. Viven la paradoja de querer a sus madres y padres y, al mismo tiempo, en el mismo sentimiento, oler la mierda y oler el cariño. En esa síntesis, el mensaje se ve demasiado claro, y directo. Adultos retrógrados pegoteados a tradiciones absurdas, ofensivas, fundamentadas, sencilla y simplemente, en poner la pata encima

en este sentido, opiamente, la juventú, protagonista de todo proceso educativo, trae la voz de la experiencia inmediata y, si escuchamos con atención, proclaman una defensa ingenua por eso vital y poderosa de valores que alguna vez defendimos, hace mucho tiempo, los adultos. Por eso su actuar consiste en incomodar, porque viven en la incomodidad. Los conceptos ya manoseados y malpensados por la población adulta no les sirven porque ya traen, en su marca tipo herida, un significado putrefacto en el sentido de crisis creada por generaciones irresponsables. La mutación será vista por ellos y ellas. Nosotros, que estamos en pleno proceso hacia la vejez, hacia el fin de esta era, somos habitantes de un presente que ya es pasado. Los grandes relatos que nos ilusionaron, y decepcionaron después, son percibidos por nuestros estudiantes, sabios en instinto, testigos del engaño. Por lo tanto, escepticismo y anomia se convierten en sensaciones inteligentes. Es decir, ligan experiencia, ven a sus queridos adultos cercanos, respiran el aire que le dejan los consumistas de estatus sobre ruedas y, específicamente, nuestros niños y nuestras niñas tienen todo el derecho a vestirse, bailar, flojear, poner en cuestionamiento profundo este modelo que les heredamos, que huele a podrido y que ya casi no da más. Incluso la fuerza del desinterés se transforma, también, en un presente enfocado en temas más importantes, mucho más relevantes

reforma educativa significa que se podríamos enseñar lo que ellos y ellas proponen. Se comprueba, cada día a modo de fracaso, que el conocimiento enciclopédico y racional forma solo una parte de lo que comprendemos como inteligencia para la vida, para el buen vivir. La razón se conecta con el funcionamiento de las acciones que intervienen las cosas y a las personas. El resto, es decir, emociones, afectos, creatividad, placeres, convivencias, tolerancias y conflictos, sembrar y cosechar, diseñar lo que cubre la piel, cocinar y trabajar en la justa medida, también son aprendizajes. Asumamos, los planes y programas de estudio andan perdidos. Desenfocados, enseñando fatuidades que inventaron en el siglo xx y en función de intereses que ya no interesan. El trabajo es una parte importante de la rutina, como también es importante el ocio, las relaciones humanas, la conciencia ecológica, el lugar de la ternura

basta mirar el choque de violencia que les ofrecemos a quienes van a estudiar, por obligación, por obediencia a sus queridas madres y padres. Basta con identificar que les mentimos cuando les enseñamos contenidos que nunca, repito, nunca van a usar ni valorar. Para esto, literatura teórica, inventivas y puestas en práctica sobran. Hay que puro detener el movimiento productivo y consumista, presentir la vida y proponer, proponerse una reforma educacional, por ejemplo, entrar a las diez y salir a las tres

Luis Castro

Imangen: Mural “Al hilo del tiempo”. En http://www.muralismopublico.com/p/es/murales/vitoria-gasteiz/al-hilo-del-tiempo.php

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