Profesores: un montón de gente adulta que resiste (y vive)

Apenas hace dos siglos que la educación se masificó para convertir a la infancia en mano de obra obediente, cercana, barata y, ojalá, calladita. Esta herencia de la estructura social europea, y típica de los imperios, pudo ser y fue un descubrimiento, o invento, maravilloso. También se puso cruel cuando la vieja disputa entre oligarcas y empleados se intensificó y se instalaron las fronteras que, obviamente, han sido también pobladas por una historia triste de éxitos dolorosos y, al mismo tiempo, una revisión permanentemente optimista que nos hace creer que educar significa hacer el bien y, en el fondo, hay que volver a preguntarse para volver a responderse

“memoricen, estudien, hagan tareas, copien las ideas de otros, imiten soluciones, sigan instrucciones, comprendan lo que leen, cállense y bajen la cabeza, cauros y cauras,” como si lo que escuché tantos años se convirtiera en el eco que repito y lanzo a grito pelao. Desaparecen las noches dedicadas a la lectura de teoría de la educación, pedagogías críticas y alternativas, sicología del aprendizaje, estrategias significativas, sociología de la adolescencia, crítica de la educación oficial y, sobre todo, callejones sin salida para la alegría. Todo lo leído, comentado y esa especie de fe se desintegra en las salas de clases que son espejos de las oficinas ministeriales que son marionetas de las oficinas empresariales que son títeres del absurdo y locura verduga que dirige. Por eso damos tareas para la casa

antes de la revolución industrial occidental, la educación era un ejercicio para aristócratas y, en el otro extremo, las tribus latinoamericanas y africanas y asiáticas y norteamericanas y polinésicas y todo ese otro espectro fundamental, practicaban rituales de integración social que no se separaban de la vida cotidiana y los actos repetitivos, por eso, inteligentes. El mito del intelecto se está deshaciendo entre las manos de la realidad. Por lo tanto, nosotros, y nosotras, protagonistas de los espacios formales de educación, estamos en la encrucijada, lastimosa, desesperante, con angustia inventada por decretos y esperanzas neocapitalistas de nuestra comunidad estudiantil. Por eso, a veces, olvidamos el contexto y las pésimas condiciones y nos ilusionamos. Este oficio, que por casualidad pasa por la universidad, responde, a veces, a las reflexiones emocionales casuales, en charlas sueltas, y ahí descubrimos que tenemos dudas, profundas desorientaciones, actos mecánicos y, solo por esto, somos gente que está bien, porque no sabemos.

Si la imagen del ring sirve, aquí se vive, diariamente, un combate sin guantes ni árbitros. Letras muertas, ecos y vidrios que faltan rodean a niños y niñas y a un montón de gente adulta que también resiste. Arrinconados y de repente nos damos cuenta de que estamos vivos, es maravilloso y no deja de ser arduo. Agarramos la tiza o el powerpoint o el plumón, hablamos en el estilo del monólogo le encontramos, a veces, sentido

Luis Castro Sotelo, Profesor de Lenguaje

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