Bienvenida: enredarnos, escribirnos, entendernos

La primera vez que entré a la sala de clases de un liceo público como profesora tenía 21 años. Mi tarea era describir cuidadosamente el comportamiento de las jóvenes, considerando aspectos como sus movimientos, conversaciones, susurros, risas, preguntas, silencios y apuntes. Como profe practicante buscaba afanosamente aspectos que corregir, sugerencias improbables, oportunidades para llenar mi gruesa libreta. Casi una década más tarde, recuerdo todo lo que no apunté, pues carecía de interés para mi supervisora de práctica, o  para el lenguaje académico que configuró mi formación como profesora. Recuerdo, por ejemplo, lo mucho que me complicaba escoger ropa para presentarme al Liceo, pues se nos había pedido ocultar o disimular todo atuendo que reforzara nuestra apariencia juvenil. Rememoro, con mucho amor, que pese a que oficialmente estaba prohibido, accedí a reunirme los viernes en las tardes con un grupo de estudiantes de III Medio a estudiar Historia en el Café Literario de Providencia, casi escondidas, pues todo vínculo fraterno entre estudiantes y profesoras era potencialmente peligroso, incluso si era para estudiar. Todo aquello quedó fuera de la bitácora (oficial) de mi estudios universitarios, pero ha sido uno de los aspectos más significativos de mi auto-educación como profesora. En mis tiempos de formación como profesora, el límite debía imponerse pulcramente a la confraternidad, la autoridad docente tenía que legitimarse antes que el vínculo afectivo y enfatizar lo valórico antes que lo disciplinar era síntoma de ser un mal profesor.

Me pregunto cuántas páginas no escritas viven en nuestra memoria de profesoras, estudiantes y trabajadores de la educación, personas que cotidianamente damos vida a las escuelas. ¿Cuántas experiencias se diluyen en el café apurado de los recreos, en las conversaciones que te atrapan en la sala de clases hasta que suena el timbre, en lo que ocurrió cuando en el libro de clases solamente anotaste “cambio de actividad”? Toda esa experiencia constituye una forma de saber construido desde la escuela, pero que usualmente no se registra ni sistematiza, pues transcurre en cierta frontera donde lo normativo deja de ser aplicado, constituyéndose un subsuelo pedagógico, cuya existencia es cierta, continúa y fundamental para sostener en pie la superficie, lo oficial, lo normado, lo supervisado y lo anotado… aunque no se vea. Y que bueno que sea así. Analizando el Totalitarismo, la filósofa Hannah Arendt defendió la idea de que su elemento distintivo no era la dominación compulsiva sobre el espacio público, sino la negación de la vida privada, expresada en el aislamiento radical de los seres humanos.

Podemos creer que los intersticios de lo escolar, esos espacios de encuentro entre las personas que viven las escuelas son un territorios de libertad y resistencia frente a la tecnificación de la enseñanza. En ellos circulan y se transforman abundantes saberes pedagógicos que, muchas veces, interpelan críticamente lo social y lo político del (y desde el) sistema educativo. Tristemente, las escuelas están colonizadas por otros saberes que no necesariamente surgen desde o para lo educativo, como parte de un paradigma que considera a los educadores como el último eslabón en la cadena de decisiones sobre lo escolar. ¿Cuántos suspiros o desánimos han revoloteado en reuniones de profesores donde otros vienen a enseñar aquello que quizás ya sabemos entre nosotros? En relación al trabajo docente, suele haber más desconfianza que reconocimiento. Las movilizaciones magisteriales de 2014 y 2015 pusieron sobre la mesa los crecientes intentos por controlar y estandarizar el trabajo de las y los profesores, levantando exitosamente el concepto de agobio laboral docente, término que engloba diversas expresiones de explotación laboral, tales como prolongadas jornadas laborales no remuneradas, diversos problemas de salud laboral y la pérdida del sentido del trabajo en las escuelas. Sólo este contexto permite comprender la aparición de campañas como “¡No más trabajo para la casa!”, cuyo triste lema, “yo también tengo familia”, nos invita a pensar de qué manera la explotación laboral docente logró extenderse desde el lugar de trabajo hacia la vida privada de los profesores.

Yo, profesora de un liceo público y formadora de docentes en la Universidad, me animé a comenzar este blog debido a que diariamente soy testigo de los saberes y sabidurías que circulan en el espacio escolar, segura de que su registro, socialización y divulgación son una manera de honrar tanto trabajo creador que trasciende la experiencia de la explotación para convertirse en una instancia de humanización (que, en palabras de István Mészáros va “más allá del capital”). La metáfora de las redes ha sido frecuentemente utilizada para referirse a los nuevos movimientos sociales y al surgimiento de comunidades de valores o diversas formas de asociación horizontal entre personas, principalmente entre los jóvenes, y más recientemente, entre usuarios de tecnologías de información y comunicación -redes sociales-. Pero las redes también son tejido y texto, y en este lugar del mundo, América Latina, la escritura textil es una forma de saber que apenas estamos aprendiendo a comprender. Acá, a los pies de los Andes, los paños coloridos cuentan historias, registran cuentas, guardan la memoria. En estos lugares, tejer también es resistir, es enfrentarse al tedio, al frío, a la soledad, al olvido. Es ser Angelita Huenumán, Santa Primitiva o una pobladora haciendo arpilleras en Lo Hermida; tejiendo, cosiendo y bordando contra el miedo, la represión, el dolor. Enredarnos, entonces, también es aprender a escribirnos, a registrarnos, a leernos, a memorizarnos, a entendernos. Es conocer la textura de la experiencia escolar, sus relieves y vacíos, sus asperezas e irregularidades. Tejer/enredar/escribir es, en suma, humanizar.

Redes para el saber quiere ser un espacio de tejido y escritura sobre la enseñanza-aprendizaje en escuelas y otros contextos educativos, donde podamos compartir en formato libre reflexiones, saberes y experiencias desde nuestro quehacer. Como el portugués Boaventura de Souza Santos propuso en su “Crítica contra la razón indolente”, resulta necesario construir un nuevo paradigma de conocimiento en el que ni la experiencia ni los recursos sean desperdiciados por no contribuir a las formas hegemónicas de conocimiento/productividad; construyendo nuevas formas de saber aquello que hemos aprendido activamente a olvidar o no percibir.  De esta forma, esperamos contribuir a la circulación del saber pedagógico por medio de la escritura/lectura de nuestras experiencias, aportando también a la construcción de una memoria escolar como profesores, estudiantes y trabajadores de la educación, en la que también tengan cabida todo lo que sabemos, lo que hemos aprendido colectivamente, que muchas veces es lo que nos inspira a continuar tejiendo tramas alegres, espacios de tibieza en las mañanas frías, abrazos y esperanzas para un mundo más tibio, más colorido, más humano.

Contribuciones a redesparasaber@gmail.com

Camila Silva Salinas, profesora de Historia

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Kako dice:

    Me acordé de cómo durante la práctica en el Liceo donde estudiaron los Prisioneros, con Claudia Camila, nos sentíamos más a gusto conversando con los estudiantes que con los\ las profes que, a su vez, estaban fraccionados entre colegiados y no colegiados, viejos y jóvenes, hombres y mujeres, etc.

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  2. Bea dice:

    Resiste profe!!!! el vínculo fraterno, el trabajo creador se instala por siempre en sus alumnos

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  3. Bea dice:

    Cuando estaba en sexto básico, en la escuela fiscal n°1 de San Miguel en 1976, se enfermó nuestra antigua profesora de artes plásticas, al parecer ella era de la escuela normalista, no recuerdo muy bien, por lo que la tuvo que reemplazar la sub directora del colegio, licenciada en arte de U de Chile, que por tener ese cargo era bastante distante del alumnado, más bien, siempre estaba en una oficina, a veces, en los actos civicos, cada dia antes de comenzar las clases a las 14:00 horas. Para mi esas 4 clases ( un privilegio) fueron determinantes en mi gusto por el arte. Lejos de pegar porotos, palitos de fosforo en forma de casa, usar la tempera para colorear los mencionados palitos, nos enseño a realizar vitrales con papel celofan, a pintar paisaje con un solo color en todas sus tonalidades, a usar los colores con toda la espontaneidad posible, los resultados eran maravillosos, solo cuatro clases de artes manuales, pero que esta profe enriquecio con otra perspectiva, nos dio a los alumnos las posibilidades de conectar el espiritu en creaciones que eran tan propias de cada alumno, cada niño un mundo, y que podía ser plasmado en libertad en una hoja de block. La experiencia fue simple, pero profunda, calo hondo en muchos de ese grupo de adolescente, me incluyo. Creatividad en un profe es amor , es camino amplio, es oportunidad para que en la vida adulta repitamos patrones positivos, amplios, iluminados por el valor que tiene la espontaneidad y la conciencia de formar vidas librepensadoras y en el más amplio sentido…crecer-

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  4. Qué lindo recuerdo. ¿Te parece si lo publicamos como una entrada propia?

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